Gorbachov se esforzó por destruir el Pacto de Varsovia y la comunidad socialista

El Presidente Ruso, Boris Yeltsin apunta al Presidente Soviético, Mijail Gorbachov, durante una sesión en el Parlamento Ruso, durante el Golpe de Estado en la Unión Soviética en Agosto de 1991. / GENNADY GALPERIN (REUTERS)

El Presidente Ruso, Boris Yeltsin apunta al Presidente Soviético, Mijail Gorbachov, durante una sesión en el Parlamento Ruso, durante el Golpe de Estado en la Unión Soviética en Agosto de 1991. / GENNADY GALPERIN (REUTERS)

El 25 aniversario de la caída del muro de Berlín es diferente a los otros cumpleaños del suceso considerado el símbolo por excelencia del fin de la Guerra Fría. Los conflictos entre Ucrania y Rusia no permiten pretender que el continente europeo avanza, aunque sea a trancas y barrancas, hacia la “Casa Común Europea” desde el Atlántico hasta Vladivostok, el camino que esbozó el líder de la URSS Mijaíl Gorbachov. En poco tiempo Europa ha retrocedido de forma acelerada en esa ruta apenas hollada hace un cuarto de siglo.

Alegando necesidades de defensa ante Rusia, el primer ministro de Ucrania, Arseni Yatseniuk, promueve el proyecto “Muro” consistente en unas instalaciones fortificadas, que incluyen también una muralla de tierra o terraplén, a lo largo de los 2.295 kilómetros de frontera con el vecino oriental, de los cuales, casi 300 kilómetros eran controlados por los insurgentes prorusos a mediados de octubre. En un puesto fronterizo de Járkov, Yatseniuk dijo que el Muro facilitaría la abolición de los visados con la UE y la integración en la OTAN, además de generar empleo. Más de mil personas, afirmó, se apuntaron para construirlo.

El año 1989 estuvo lleno de sucesos históricos para la Unión Soviética, donde la caída del Muro de Berlín no tuvo la misma importancia que en Occidente. En la URSS el corte simbólico entre dos épocas se produjo en agosto de 1991 cuando varios altos cargos del régimen dieron un golpe de estado y con ello el tiro de gracia al Estado que intentaban salvar. Las 15 repúblicas integrantes de la URSS evolucionan ahora en distintas direcciones y en algunas fronteras en Asia Central y en el Cáucaso, antes divisiones administrativas, hay campos de minas.

Sondeos del centro Levada realizadas en enero pasado indican que, como hace cinco años, los rusos (el 33%) creen que la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán fue lo más importante que ocurrió en 1989, seguida por la caída del Muro (25%) y la huelga de los mineros (16%). En Donetsk, algunos jubilados que protagonizaron aquellas huelgas, miran con horror como la violencia sacude su región.

“Las realidades defraudaron las expectativas”, dice Andréi Grachov, ex portavoz de Gorbachov. “En el Este de Europa y la URSS creían que al otro lado del muro reinaban la abundancia, la democracia y la hospitalidad. Ahora están decepcionados al haber descubierto un mundo complicado, contradictorio y problemático, que los rechaza y que ha desplazado el muro desde Berlín a la frontera ruso-ucraniana. Descubren que la Casa Común Europea se construyó sin Rusia”, afirma Grachov. “Los occidentales también se decepcionaron, al comprender que el Muro, además de defender los regimenes represivos del Este, protegía al mundo occidental de la pobreza, conflictos y nihilismo del Este. Al desaparecer la barrera, la riada humana amenazó el bienestar que Occidente daba por sentado”, añade.

“El muro de Berlín fue un gran símbolo, al construirse y al destruirse”, dice el político Serguéi Baburin, uno de los seis diputados del parlamento ruso que votaron contra la disolución de la URSS en diciembre de 1991. El día de la caída del muro, Baburin, por entonces era decano de la facultad de derecho en Omsk (Siberia) estaba como invitado en el parlamento soviético y recuerda que en el vestíbulo se trasmitían los sucesos de Berlín por televisión. “La mayoría de los diputados estaban encantados, pero yo no sabía si compartir el júbilo de los alemanes o irritarme porque comprendía que el muro no se erigió de forma casual, sino que impedía la guerra caliente en Europa. Ahora sé que la directiva de la URSS con Gorbachov al frente se esforzó por destruir el Pacto de Varsovia y la comunidad socialista. La euforia desconectó el inconsciente y alteró el sistema de coordenadas morales y políticas de la opinión pública”, afirma. “Hoy comprendo que la destrucción del muro de Berlín fue una de las operaciones psicológicas claves para desmoralizar a los partidarios del socialismo en Europa del Este. La práctica mostró que los líderes de la civilización anglo-atlántica no querían construir la Casa Común Europea sino solo reforzar el portal donde reside la OTAN”, afirma. Ante la “ingratitud” de Occidente, Rusia inició una “integración euroasiática”, explica Baburin, que siempre estuvo por la reintegración de la URSS y la unión de Crimea a Rusia.

La idea de que occidente se aprovechó de la caída del muro está muy arraigada en Rusia. Los dirigentes rusos desconfían del acercamiento de la Alianza Atlántica a sus fronteras, recelan de los fines de la Defensa Antimisiles norteamericana y quisieran que Estados como Ucrania, Moldavia o Georgia dieran garantías de neutralidad. Las memorias históricas que cultivan los Estados postsoviéticos están en conflicto entre sí y esta desarmonía se agravó cuando Moscú, tras intentar liberarse de las cargas de un pasado colonial, asumió la herencia de la URSS. Los miedos de los pequeños Estados ante Rusia tienen como corolario el miedo de Rusia a verse cercada por un cinturón hostil. Ambos temores son reales y condicionan políticas y estrategias. Hace tiempo que la Guerra Fría está enquistada en los problemas territoriales no resueltos de la URSS, como la región del Trasndniéster, en Moldavia.

“Occidente podría haber ayudado y reforzado a Gorbachov en la cumbre del G7 de 1991 en Londres, cuando el presidente de la URSS pidió un plan Marshal para ayudar a la economía rusa, pero Occidente, y en primer lugar EEUU, consideraba que Gorbachov había agotado todos sus recursos y que Yeltsin tenía más perspectivas, porque era anticomunista y prometía cumplir con el papel de socio menor”, dice Grachov. “Occidente no podía salvar a Gorbachov de los conflictos en su país, pero podría haber prolongado la vida de su proyecto y de la URSS”, afirma.

“Las promesas que Occidente dio a Gorbachov de no crear nuevas infraestructuras ni llevar nuevas tropas ni armas de destrucción masiva afectaban al territorio de la RDA, fueron incluidas en el acuerdo con Alemania y se cumplen hasta ahora”, afirma Pavel Paláshenko, el ayudante e intérprete de Gorbachov. “En 1989 existía aún el Tratado de Varsovia (la alianza militar de la URSS y sus socios europeos) y si Gorbachov hubiera planteado la no ampliación de la OTAN a países del pacto de Varsovia lo hubieran considerado loco. Hasta 1992, ni un solo país de la ex Pacto de Varsovia planteo el ingreso en la OTAN”, puntualiza Paláshenko. “Es más cómodo echarle la culpa a Gorbachov que a Yeltsin, que fue la persona que llevó al poder al presidente actual”, dice, insinuando que el Kremlin propicia estas tendencias.

Rusia descuidó a los “perdedores” de la “globalización” simbolizada por la caída del muro. Tras la retirada de las Fuerzas Armadas de Europa y los recortes en el Ejército, centenares de miles de uniformados se incorporaron a la vida civil. Se convirtieron en taxistas, vigilantes, guardaespaldas y sumaron su frustración a la de las clases medias incipientes arruinadas en las reformas de mercado. Flujos migratorios de eslavos procedentes de Asia Central vendían todas sus posesiones para comprarse un pasaje a Rusia, Ucrania o Bielorrusia. Aquellas penurias son el caldo de cultivo en el que se ha fortalecido Vladímir Putin, por ofrecer primero estabilidad y después la compensación psicológica y moral de intentar juntar los fragmentos dispersos del imperio.

“Gorbachov ha perdido actualidad. La población tiene una actitud negativa ante él, pero más tranquila que en los noventa”, dice Lev Gulkov, director del centro Levada. La institución no dispone de cifras recientes, pero en 2010 predominaba la indiferencia (el 47% de los encuestados) combinada con la irritación (10%) y el desagrado (un 13%). En relación a la “Perestroika”, un 55% creen que salieron perdiendo de aquel periodo de reformas, frente a un 35% que creen haber ganando, dice Gulkov citando cifras del pasado agosto. “La popularidad de la “perestroika” aumenta de año en año, pero de forma lenta”, añade. En 1998-1999, antes de la llegada de Putin al poder, la cifra de quienes se veían como perdedores era del 75%.

Oficialmente la URSS fue disuelta por los líderes de las tres repúblicas eslavas el 8 de diciembre de 1991 en los bosques de Bielorrusia. Gorbachov estaba ya muy debilitado tras el golpe de Estado de agosto y no se resistió ni sacó el Ejército a la calle, como no había impedido en 1989 que cayera el muro. El rechazo a la violencia es uno de los rasgos que lo distingue de otros dirigentes rusos del pasado.

Vladímir Putin abrió de nuevo a Gorbachov las puertas del Kremlin, que Yeltsin le había cerrado. El presidente ruso y el ex presidente soviético se reunieron en varias ocasiones, pero sus citas se han espaciado y las relaciones de Gorbachov con el Kremlin son correctas, aunque fluctúan dentro del distanciamiento. Medios próximos al ex líder soviético opinan que el punto más bajo de la relación se dio en 2011 cuando Gorbachov declaró que Putin no debería volver a presentarse a las elecciones a la jefatura del Estado y criticó las irregularidades en los comicios.

Quizá el momento de mayor proximidad entre Gorbachov y el Kremlin se dio durante la presidencia (2008-2012) de Dimitri Medvédev, quien retomó algunas de las antiguas propuestas del líder soviético para una nueva arquitectura de seguridad en el continente europeo. En 2011 Medvédev condecoró a Gorbachov con motivo de su 80 cumpleaños y “como símbolo de respeto al Estado que usted dirigió, al Estado que fue nuestra patria común, la Unión Soviética”.

El ex presidente soviético ha respaldado la incorporación de Crimea a Rusia, pese a la condena internacional de la anexión, y se ha manifestado en contra de las sanciones occidentales. “Para anunciar sanciones debe haber motivos muy serios que deben ser apoyados por la ONU. La expresión de la voluntad popular en Crimea y el (…) aceptar (la península) en la Federación Rusa en calidad de región no es tal motivo”, dijo Gorbachov a Interfax. El “pueblo decidió corregir el error” de los dirigentes comunistas que unieron Crimea a Ucrania en 1954. “Esto hay que acogerlo positivamente y no declarar sanciones”, porque es “una alegría y como tal hay que aceptarla”.

En Moscú, el ex presidente de la URSS, de 83 años, acude a su despacho en la fundación que lleva su nombre. Allí estaba un día después de que una radio rusa sembrara la alarma alegando que su salud se había deteriorado.

Por motivos económicos la fundación ha reducido actividades y personal, tras rechazar las subvenciones y becas internacionales que, de acuerdo con la nueva legislación rusa, la hubieran obligado a definirse como “agente extranjero”. Gorbachov costea gastos con sus propios recursos que también disminuyeron porque el líder soviético, por su salud, tiene una agenda más limitada. Gorbachov sigue fiel a si mismo. Nunca quiso ser un revolucionario; Es un socialdemócrata, partidario del “socialismo con el rostro humano”, y se opuso la desintegración de la URSS. Intentó renovar ambas cosas, el Socialismo y el Estado–, y no lo logró.

http://internacional.elpais.com/

 

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